Amenizaje

Nudo en la garganta;

inevitable sensación de asfixia emocional.

Tengo mil historias para no dormir y sólo un cuento de buenas noches, una verdad inconexa dicha entre cuatro mentiras mal puestas que ahora son sólo una anécdota más, de todas las fábulas en las que tú simplemente elegías el final.

Estuve arañando mis recuerdos en busca de conclusiones para el final de una historia sin principios, y entendí que el veneno no emanaba de mi boca, si no que nacía en mi garganta y moría en mí.

Me llené de puñales para no dar una segunda oportunidad a quien no había tenido el deleite, de dar la última estocada, y permanecí impertérrita mientras todo lo que amaba desaparecía detrás de la oscuridad que yo misma había creado.

Me pasé tanto tiempo esquivando las balas, que no tuve la oportunidad de saborear el hierro, ni de darme cuenta de que la sensación de abandono sólo era el prólogo perfecto de un nuevo despertar.

No me volvieron a crecer alas después del último vuelo,  pero mantuve mil motivos para volver a nacer, sabiendo que esta vez, nadie escribiría mi historia.

Bala metáfora

Hoy siento como si la vida me desgarrara entre sus dientes con una sonrisa socarrona. El dolor hambriento que recorre mi cuerpo se clava en el pecho haciéndolo sangrar; ya no hay sístole ni diástole que salven tanto desastre. Gimo como si, más que un saludo de guerra, fuera un grito de ayuda, de alerta, como una señal en rojo sangre que carece de ella. La poesía me mira desde una esquina de la habitación, con el baile elegante de una mecedora, permaneciendo ausente, fiel espectadora de un autoretratro destructivo, intrusivo y definitivo. Como si eso no fuera suficiente poesía, comenta, como si no estuviera lo suficientemente destruida ya.

Y sonrío.