Llámame viento

Llámame ilusa, si después de tanto tiempo sigo buscando hacerte tan feliz, que las comisuras de tu boca se revienten cuando pienses en todo lo que has llegado a vivir conmigo.

Llámame ilusa, si después de tanto tiempo, sigo totalmente enamorada en un mundo en el que el amor se compra, como una mercancía inefable incapaz de prostituirse por algo que no sea, alguien a quien abrazarse cuando llegue el invierno.

Llámame ilusa, si después de tanto tiempo, camino bajo el filo de un destino que aprieta mi pecho, pidiéndome entre sollozos que te quedes cuando llegue mañana.

Llámame ilusa, porque no podré negar, que he seguido con los ojos cerrados todos los pasos que me han llevado a tu puerta, y jamás he querido salir del sendero al que llamé hogar, según decidiste quedarte.

Llámame ilusa. Llámame viento. Llámame cuando todo quede en silencio, cuando tu voz se escuche entre las sobras, y solo sea capaz de entender que llamarme siempre fue un pretexto, para que siguiera mirando hacia delante, sabiendo que tú estarías buscando la respuesta para llegar,

siempre

hasta

mí.

Clávate, puñal

Si siento más respiro, y si no reviento es porque escribo hasta encontrar aire. Me hice nómada de secretos entre las costillas de aquellos que juraron hacerme historia, y acabaron relegandome a ser recuerdo destinado a marchitar hasta sus mejores pesadillas.
Porque de las peores ni ellos quieren hablar.
Me preguntas porqué estoy tan triste mientras apagas el sol y enciendes un cigarro. Como si quisieras que te consumiese. Como si no estuvieses lo suficientemente consumido ya.
Y yo río. No por ganas. Si no por desesperación. La que me quema la garganta, la que te oprime el pecho.
Y nos junta.
Y nos aprieta.
Y yo río. No por ganas. Si no porque me prometí a mí misma que moriría haciéndolo.
Y yo si cumplo mis promesas.

Retazos de un último verano

Quise tenerlo todo, y sin embargo solo fui capaz de acercar la pistola a mi sien y acostumbrarme a pasar toda la vida escribiendo lo que pudo haber pasado.

El sabor de la sangre, y el ruido compacto de cuando todo explota. De cuando ya no queda nadie más.

Ni nada más

que

recuerdos.

Quizá fue mejor el disparo, la risa, la gracia, la duda, el desgarro.

Quizá fue mejor quedarse con la incógnita de lo que pasa en las noches frías de mayo, cuando nace la excusa y muere el llanto.

 

El fuego que me quema

Ahora que todo ha cambiado,
que nuestra canción ya no suena igual
y ya nadie la baila,
te busco entre las costillas,
costuras
y te encuentro las cosquillas,
consciente del peligro que supone
amar el fuego que quema
sabiendo que por mucho tiempo que pase
ninguno podrá calentar igual,
o mejor
que nosotros.

Epitafio de medusa

Ahora que la vida me ha roto las alas, me he convertido en la verdad incómoda de la sociedad enferma en la que nací, crecí, pero me niego a morir pisando. He hecho de la jaula, hogar, del hogar, excusa, de la vida, sueño y del sueño, huida. He tenido miedo a vivir desde que descubrí que la muerte también formaba parte de la vida, y jamás he dormido del todo apoyando sobre mis párpados el peso del dolor de saber que miré a los ojos de mi abuela, minutos antes de que muriera.

Me confunden con la fortaleza idílica de una persona que siempre ha querido luchar, aquellos que se quieren inventar que jamás han surcado lágrimas por mis ojos más allá de las que han caído señalando felicidad.

A esos les sigo escribiendo, como el fantasma que en vida graba su epitafio cansado de disimular una ficción que ni aquellos que divulgan creen, a pesar de poner todo su empeño en ello. A aquellos les escribo como la chica que aprendió a lamerse las heridas, y a mirar sus cicatrices como un recuerdo vivo de cada batalla ganada, o no. Les escribo con todo el veneno que sueltan mis letras cuando alguien se cree con el derecho de leerme los labios, y meterse en mi vida, y rezo cada día porque caigan en su error antes de escribir el punto y final a cada una de sus mentiras.

Nunca he podido describirme en más de una oración sin que de mi boca salieran baratas formas de escurrir un bulto, que nacía en mi pecho y acababa en mi sien, pues he contemplado que el resto de la oración es una lectura temporal que va desapareciendo, y remplazándose por otra llegado el momento. He sido diosa y frente a mí se ha postrado toda esa poesía que se vistió de prosa, cuando el verso supo que el invierno únicamente no era sinónimo de frío, si no también de saber abrigar.

Y he seguido sonriendo, escribiendo, guiando, porque no hay mejor final para una historia que el saber que nada morirá mientras haya gente que la lea.

Y que a la vez sepa,

que nada tiene un final.

EDM

 

 

 

Érase una vez

Sujétame en tu pecho y hazme dormir en la orilla de esta playa de lágrimas vacías que ahora lloran solo por ti. Intenta secármelas con el pretexto de haber conseguido encontrar una manera de hacerme feliz, aun sabiendo que está todo perdido, que ese día no decidí marcharme, pero que tus verdaderas intenciones, — camufladas bajo la vieja historia del lobo feroz, que se prostituyó a cambio de una piel de cordero— acabaron arrastrándome contigo. Pídeme perdón, por haber sido tú, y no otro que doliera menos, el que rompiera mis esquemas en vez de mi corazón, a sabiendas de que este último tenía solución por viejas experiencias, y sin embargo, el primero no.

Rabia con fuerza al verme con todo, pasea la lengua por todas aquellas que te recuerden a mí, aúlla intentando imitar el llanto que profanó nuestra casa la primera que te quitaste la máscara y te dejaste ver. Escóndete como el viejo espectador de una batalla perdida, a la que ahora únicamente le quedan balas vacías. Intenta encontrar en la noche abrigo, cuando tu único consuelo sea el de haber podido encontrar seres más horribles que tú, aunque hayas tenido que buscar con ganas. Lame tus heridas con veneno. Deja que la maldad te devore por dentro, con el velo negro de la única viuda que ha matado y ha muerto tantas veces como tú.

Púdrete por dentro. Revuélcate en tu tumba. Llora en silencio ante la oscuridad que proporciona el abandono.

Revienta. Muere en la soledad de quien ha ganado y ha perdido todo a la vez,

y revive para que sea yo la que, esta vez, acabe con el cuento.


Sincericidio

Te debo mis alas;

nos vemos en el vuelo.

 

Nunca supe quererme al menos el tiempo suficiente como para creer que era más que todo aquello que escribía, pero supe caminar en la dirección correcta para guiar mis pasos hacia donde estabas tú.

Intenté explicarme mil veces en silencio, en qué consistía la suerte de haberte encontrado, y no supe hallar otra respuesta que no fuera la del total desconcierto que otorgaba la sensación de haber ganado, sin haber tenido la obligación de luchar en una batalla inexistente propiciada por un final esperado por ambas partes.

Nos dimos tanta prisa en enamorarnos, que cuando me quise dar cuenta, ya habías deslizado las manos hacia mi cintura queriendo dibujar en ella, la certeza de no querer perderme jamás.

Fui el lienzo en blanco enamorada del arte suicida de quien sabía contar más historias callado, que hablando sin querer decir prácticamente nada. Y es que tú siempre fuiste de esos que portaban en sus párpados las cicatrices de toda una vida, intentando aparentar que la herida cerraba a la vez que lo hacía el daño. Aunque ambos supiéramos que no era así, que todavía en tus costillas resonaban los disparos huecos de aquellas balas que se quedaron encerradas en tu pecho, buscando un sólo momento, para volver a respirar.

Nos enamoramos, mientras yo intentaba buscar maneras de describirte para hacerte eterno y no convertirte en ese tópico inefable, que cayera en la rutina de no encontrar las palabras necesarias entre tanta poesía mal expresada, en líneas que derrochaban tinta sin sentimiento alguno.

Nos enamoramos, y entonces, tú comenzaste a dibujar nuestra historia trazo a trazo, como queriendo cimentar en aquellas líneas, un futuro que ya era capaz de contarse por sí solo, como si de un libro abierto se tratara.

Un futuro para el cual, ya no había marcha atrás.

Nunca.

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Atenea

Negar que soy difícil,
sería sentarse a ver cómo arde un cuerpo
al que previamente han prendido fuego
y jurar que no fui yo —si no otro— quien se negó a poner el charco.

Antónimos sinónimos

Puedo ir adelantando, que el hecho de ser una soñadora en un mundo en el que la realidad te golpea con la misma brutalidad que el adiós, es andar con pies de plomo, sobre unas nubes que se desintegran a cada paso. Nacemos para morir sepultados sobre una vida que no elegimos, sobre un futuro prometedor que jura más de lo que nunca podrá otorgar, sobre las exigencias de un país que hace muchos años dejó de cumplir las nuestras.

Pasamos toda la vida intentando no hacer ruido, por miedo a que la sociedad mire de soslayo cómo alguien intenta cambiar ese eslabón, del que todos los demás se quejan. Aprendemos a memorizar conceptos, a encajar, a sacar brillo a las placas que conseguiremos absorbiendo unos conocimientos que poco después, terminaremos vomitando cuando ya no hagan falta, cuando ya no haya un examen que determine quiénes somos o qué tenemos que ser.

Ya no se habla de pasiones, ya no se queda en los bares, ya no se grita por una libertad utópica que causa estragos en las mentes que aún la recuerdan, negándose a olvidar, lo que lucharon por creer.

Puedo ir adelantando, que muchas veces me he tragado mis palabras por miedo a hacer daño a personas que, mucho antes de aquello me habían declarado territorio de conquista, clavando puñales antes de que nada en mí, pudiera florecer. He cubierto charcos, he parado balas, he sido escudo, casa y protección pidiendo únicamente un abrazo a cambio, que no llegó incluso cuando la primavera empezaba a germinar, dejándome llagas de pasado.

Dejé pasar al verdugo, quizá fue por eso por lo que nunca llegué a sentirme víctima.
Me hice a un lado antes de que nadie me lo pidiera,
y con la respiración elegante de una mecedora
fui dándome cuenta de que
la muerte me nacía por dentro,
y apagándose en silencio,
moría la vida.

Quid pro quo

Daría mi vida por la tuya. Por pasar cada instante a tu lado. Por verte reír y ser la causa. Por contemplar como triunfas tantas veces, que el orgullo me salga por la boca cuando voy de tu mano.
Quiero pasar toda la vida contigo, y oírte reír en mi oído. Y gemirnos. Y cantarnos canciones hasta cambiar tanto la letra, que lo único que tenga sentido ahí sea el que nosotros queramos ponerle.
Quiero que tengamos esa confianza que me haga escuchar tus alas al vuelo, a sabiendas de que al final, volverás a casa cuando llegue la noche.
Quiero que seas casa.
Que seas toda la vida.
Que seamos esa clásica historia de aquellos dos que se enamoraron cuando todavía no sabían lo que era el amor, pero que nunca necesitaron una explicación más allá de la que ellos mismos habían decidido darle.
Quiero verte crecer y admirar tus pasos. Y mirar lo alto que has llegado, siempre desde tu altura.
Quiero que derribemos muros, que cambiemos el mundo, que gritemos alto, que riamos fuerte, que seamos uno. Y que nunca necesitemos a nadie más, porque no haya nada más que nosotros mismos.
Daría mi vida por la tuya, porque al final eres tú el que me ha enseñado a vivir y eso mi amor, no tiene precio, por mucho que quiera.