Coordenadas

Si me buscas, te convendría saber que yo tampoco sé cómo encontrarme, que me siento más sola cuando estoy contigo, pero que no me hace falta caminar cuando estás tú porque me sobran alas, y motivos, para lanzarme al vacío. Te convendría saber que no sé decidirme, que vivo en el limbo entre la felicidad y la tristeza, porque de la felicidad han nacido mis más bonitos recuerdos, y de la tristeza siempre hice mis palabras más eternas, que un día conseguí definirme en una frase, y desde entonces es ella la que me define a mí cuando yo no sé ni encontrar mi norte. Que soy fría para los que no saben mirarme, porque siempre he tenido claro que si te aventurabas a observarme de forma alguna, tendría que ser desde lo más profundo del corazón. Que soy la mezcla perfecta entre el miedo y la locura, y que me enamoré antes incluso de saber qué era el amor.

 

Si me buscas, te convendría saber que vivo bajo el yugo del pasado, que me mira con los ojos de nostalgia cada vez que se da cuenta de que no vuelve al presente algo que ya dejaste ir, y que las personas que alguna vez formaron parte de mi vida, lo siguen haciendo, aunque ya no formen parte de mí. Que a veces soy prioridad para morder el polvo, porque todavía no he encontrado nada que se me dé mejor que dejarme caer.

 

Que soy feliz con cuatro cosas,

Y las cuatro tienen nombre.

 

Y que si realmente me buscas,

me encontrarás allí donde tú, también, pierdas el norte.

 

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Epitafio de medusa

Ahora que la vida me ha roto las alas, me he convertido en la verdad incómoda de la sociedad enferma en la que nací, crecí, pero me niego a morir pisando. He hecho de la jaula, hogar, del hogar, excusa, de la vida, sueño y del sueño, huida. He tenido miedo a vivir desde que descubrí que la muerte también formaba parte de la vida, y jamás he dormido del todo apoyando sobre mis párpados el peso del dolor de saber que miré a los ojos de mi abuela, minutos antes de que muriera.

Me confunden con la fortaleza idílica de una persona que siempre ha querido luchar, aquellos que se quieren inventar que jamás han surcado lágrimas por mis ojos más allá de las que han caído señalando felicidad.

A esos les sigo escribiendo, como el fantasma que en vida graba su epitafio cansado de disimular una ficción que ni aquellos que divulgan creen, a pesar de poner todo su empeño en ello. A aquellos les escribo como la chica que aprendió a lamerse las heridas, y a mirar sus cicatrices como un recuerdo vivo de cada batalla ganada, o no. Les escribo con todo el veneno que sueltan mis letras cuando alguien se cree con el derecho de leerme los labios, y meterse en mi vida, y rezo cada día porque caigan en su error antes de escribir el punto y final a cada una de sus mentiras.

Nunca he podido describirme en más de una oración sin que de mi boca salieran baratas formas de escurrir un bulto, que nacía en mi pecho y acababa en mi sien, pues he contemplado que el resto de la oración es una lectura temporal que va desapareciendo, y remplazándose por otra llegado el momento. He sido diosa y frente a mí se ha postrado toda esa poesía que se vistió de prosa, cuando el verso supo que el invierno únicamente no era sinónimo de frío, si no también de saber abrigar.

Y he seguido sonriendo, escribiendo, guiando, porque no hay mejor final para una historia que el saber que nada morirá mientras haya gente que la lea.

Y que a la vez sepa,

que nada tiene un final.

EDM

 

 

 

Antónimos sinónimos

Puedo ir adelantando, que el hecho de ser una soñadora en un mundo en el que la realidad te golpea con la misma brutalidad que el adiós, es andar con pies de plomo, sobre unas nubes que se desintegran a cada paso. Nacemos para morir sepultados sobre una vida que no elegimos, sobre un futuro prometedor que jura más de lo que nunca podrá otorgar, sobre las exigencias de un país que hace muchos años dejó de cumplir las nuestras.

Pasamos toda la vida intentando no hacer ruido, por miedo a que la sociedad mire de soslayo cómo alguien intenta cambiar ese eslabón, del que todos los demás se quejan. Aprendemos a memorizar conceptos, a encajar, a sacar brillo a las placas que conseguiremos absorbiendo unos conocimientos que poco después, terminaremos vomitando cuando ya no hagan falta, cuando ya no haya un examen que determine quiénes somos o qué tenemos que ser.

Ya no se habla de pasiones, ya no se queda en los bares, ya no se grita por una libertad utópica que causa estragos en las mentes que aún la recuerdan, negándose a olvidar, lo que lucharon por creer.

Puedo ir adelantando, que muchas veces me he tragado mis palabras por miedo a hacer daño a personas que, mucho antes de aquello me habían declarado territorio de conquista, clavando puñales antes de que nada en mí, pudiera florecer. He cubierto charcos, he parado balas, he sido escudo, casa y protección pidiendo únicamente un abrazo a cambio, que no llegó incluso cuando la primavera empezaba a germinar, dejándome llagas de pasado.

Dejé pasar al verdugo, quizá fue por eso por lo que nunca llegué a sentirme víctima.
Me hice a un lado antes de que nadie me lo pidiera,
y con la respiración elegante de una mecedora
fui dándome cuenta de que
la muerte me nacía por dentro,
y apagándose en silencio,
moría la vida.

Metamorfosis de una amígdala poeta

Me han tenido que crecer rosas en el pecho, para darme cuenta de que las espinas son el precio que tengo que pagar si quiero que, en mí, algo florezca. He aprendido a tropezarme mil veces con la misma piedra sin mirar de soslayo a un reflejo inexistente, sin echarle la culpa a la nada por miedo a pensar en el presente y encontrarme con algo que no fueras tú.

He aprendido de mis errores como aquel que un día estuvo al borde del precipicio, y desde entonces sólo conoce la adrenalina, cuando piensa en saltar. He escrito textos que me han partido el alma, he abrazado a personas que se la han llevado consigo y he conocido lugares que son tierra de nadie, hechos a la medida exacta para mí.

Me he gritado incapaz de entender el porqué, me he follado a versos, me he dedicado canciones, me he clavado puñales y he aprendido a disimularlos a base de lamer. He mudado cada piel que otra persona no sabía cuidar, he volado, he vuelto a la tierra y jamás he conocido hogar como el que forma mi abuelo con solo respirar. He aprendido que a veces las matemáticas fallan, que uno más uno pueden ser dos, o tres o cuatro, que el número par no está de moda y que ahora lo de saber amar, en vez de una realidad se ha convertido en distopía.

He apostado, he perdido. Me he desnudado de prejuicios y me he vestido, irremediablemente, cuando lo único capaz de calarme los huesos era el invierno. He sabido parar a tiempo, desgarrarme en silencio y después, recitarlo aquí.

Supongo, que al fin y al cabo se trata de eso.

Llenarme, vaciarme y saber huir a tiempo,

muy lejos y a la vez, irremediablemente cerca, de aquí.

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Querida tempestad

El día en el que te conocí, me hablaste de fronteras e imposibles, a sabiendas de que entre tus brazos, no era capaz de encontrar otro límite que no fuera el poder amar, nunca, a nadie que no fueras tú.

Desde aquel día nos permitimos volar, como si nunca hubiéramos estado listos siquiera para intentarlo, como si nos faltaran escusas para mirarnos a los ojos y hacernos aire. Como si tuviéramos miedo a lo que pasaría cuando la única palabra que nos descubriera las fauces fuera serendipia, y sucar el cielo fuera un regalo merecido para intentar reparar algo que nunca quisimos perder, pero que sin embargo, dejamos que nos arrebataran, sin tener el coraje suficiente para defenderlo.

Hundiste los dedos en mi pecho, y clavaste la bandera blanca del amor esquivo entre tu destino y el mío, dejándome anclada en el suelo sin posibilidad, al menos, de una prórroga, de un segundo asalto, sin posibilidad, al menos, de salir de aquí.

Ese día te vi volar tan alto, que tuve que apartar la mirada para evitar soñar despierta, mientras mis alas se clavaban en la tierra, encerrando mi último aliento en una jaula que llevaba tu nombre entre unos barrotes que clamaban libertad, las tuyas no dejaron de moverse jamás.

Desde entonces, el cielo se tiñe de negro cada vez que, arropándome con su llanto, me oye llorar.

Niña vestida de calma, te llamaremos tempestad.

Amor en verso

Si algún día nos volvemos a encontrar, prométeme que me mantendrás despierta este invierno; al menos el tiempo suficiente como para cerciorarme de lo bonito que es soñar. No te sorprendas, poesía, de alma afilada como el viento y ojos ensangrentados de llorar, después de la tempestad llega la calma, y finalmente, la tempestad. Hemos nacido para ser guerreros involuntarios que sufren sus penas bajo el papel que les otorga la vida, y el sobrenombre de locos, o escritores, o poetas. Encuentra cobijo en mi regazo ante este invierno atemporal que antes nos causaba calma, y deja que te describa de la mejor forma que sé; con palabras. Niña vieja y rota, cosida de tantas formas como vueltas te ha podido dar esta vida, deja que de tu pecho broten nuevas ramas que sujeten a los soñadores que todavía creen en ti,

para que así,

tu mundo sobreviva.

 

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Far, far, away

Hemos aprendido a volar, a falta de ganas para seguir andando en un mundo en el que todo era ir dando traspiés. Hemos conocido al demonio que llevamos dentro, cuando ni el mayor de los milagros era capaz de salvarnos del infierno. Hemos aprendido que las promesas son eso que se incumple, cuando las palabras ya no son necesarias para demostrar que eso que se dice ya no es verdad. Hemos sido el ejemplo más veraz y gratuito de las dos caras del avance, y de la destrucción que crean aquellos que desean quedarse atrás. Lo hemos tenido todo, y sin saber cuidarlo, nos hemos quedado en la precariedad de quien no movería un dedo para salvar la vida, ni aunque pagaran por ello. Hemos sido las víctimas de un desconocimiento digno de un récord, que haría que el mismísimo Lorca levantara la cabeza de su tumba, y se fuera, con su poesía, lejos de aquí.

No es cuestión de etapas

Soy calada y bocanada de aire a pleno pulmón. 

Soy, de rodillas, la mejor pecadora. 

Soy poesía de la calle, de la que se lleva ahora, de la de gritar que el mundo es un mierda y seguir con una sonrisa por sea caso escampa. 

Soy la que vive en un infierno perpetuo pero todavía cree en Dios. 

Soy la peor pesadilla de todos aquellos que un día no me dejaron dormir. 

Soy la que odia el verano y cualquier estación, pero se divierte viviendo en bucle para poder seguir escribiendo. 

Soy la niña de papá a la que las etiquetas nunca le han hecho falta. 

Soy el ‘tenemos que hablar’ y el polvo que llega cuando no se termina de llegar a ninguna parte. 

Soy la que ve la tele, como el escenario perfecto para hombres con cuerpo de traje y cara de lobo. 

Soy la exclamación y la revolución de aquellos que aún están dispuestos a luchar para ser libres. 

Soy la corrección de los errores que un día cometieron mis padres, los principios de mi abuela y el apoyo de mi madre.

Soy los gritos, los llantos ahogados, los años, los daños, las ganas de huir.

Soy la risa, la prisa y la Frida que una vida más, y a pesar de todos,

 se 

queda

aquí.