El fuego que me quema

Ahora que todo ha cambiado,
que nuestra canción ya no suena igual
y ya nadie la baila,
te busco entre las costillas,
costuras
y te encuentro las cosquillas,
consciente del peligro que supone
amar el fuego que quema
sabiendo que por mucho tiempo que pase
ninguno podrá calentar igual,
o mejor
que nosotros.

Érase una vez

Sujétame en tu pecho y hazme dormir en la orilla de esta playa de lágrimas vacías que ahora lloran solo por ti. Intenta secármelas con el pretexto de haber conseguido encontrar una manera de hacerme feliz, aun sabiendo que está todo perdido, que ese día no decidí marcharme, pero que tus verdaderas intenciones, — camufladas bajo la vieja historia del lobo feroz, que se prostituyó a cambio de una piel de cordero— acabaron arrastrándome contigo. Pídeme perdón, por haber sido tú, y no otro que doliera menos, el que rompiera mis esquemas en vez de mi corazón, a sabiendas de que este último tenía solución por viejas experiencias, y sin embargo, el primero no.

Rabia con fuerza al verme con todo, pasea la lengua por todas aquellas que te recuerden a mí, aúlla intentando imitar el llanto que profanó nuestra casa la primera que te quitaste la máscara y te dejaste ver. Escóndete como el viejo espectador de una batalla perdida, a la que ahora únicamente le quedan balas vacías. Intenta encontrar en la noche abrigo, cuando tu único consuelo sea el de haber podido encontrar seres más horribles que tú, aunque hayas tenido que buscar con ganas. Lame tus heridas con veneno. Deja que la maldad te devore por dentro, con el velo negro de la única viuda que ha matado y ha muerto tantas veces como tú.

Púdrete por dentro. Revuélcate en tu tumba. Llora en silencio ante la oscuridad que proporciona el abandono.

Revienta. Muere en la soledad de quien ha ganado y ha perdido todo a la vez,

y revive para que sea yo la que, esta vez, acabe con el cuento.


Atenea

Negar que soy difícil,
sería sentarse a ver cómo arde un cuerpo
al que previamente han prendido fuego
y jurar que no fui yo —si no otro— quien se negó a poner el charco.

Perenne primavera

A ti, T.

Por regalarme historias por las que vale la pena escribir.

Me preguntas qué es el amor y te quedas callada, como intentando ralentizar el momento en el que, por fin, te pueda dar una respuesta. Cierras los ojos y respiras hondo. Tu pecho sube y baja lentamente, a pesar de que la adrenalina sea la indiscutible protagonista de ese pequeño festín entre tus huesos.

Me preguntas qué es el amor y te quedas callada, como si el amor no se formara con cada palabra tuya, como si necesitaras respuesta alguna, más que aquella que crece en ti. Cierras los ojos y respiras hondo, atrapándome entre tus pestañas, esas que aleteas como las alas veloces de una mariposa, ágiles y fugaces al vuelo de un alma predestinada a pertenecerse únicamente a sí misma de forma perenne.

Me preguntas qué es el amor y te quedas callada, como si yo tuviera forma alguna de describirte, como si no hubiera intentado mil veces sacar este sentimiento que alberga mi pecho y que lleva tu nombre desde el día en el que te conocí, como si no hubiera muerto en el imposible de intentar igualar con palabras la belleza que alberga tu alma cuando te miro a los ojos, y de pronto, tal como de la nada, consigo hacerte el amor.

Cierras los ojos, respiras hondo, y entonces, te beso.

Insomnia

Comienza la ansiedad. Me duele el pecho del sólo hecho de pensar en el momento en el que tenga que cerrar los ojos. Miles de imágenes se agolpan tras mis retinas y cientos de garras se clavan en mi garganta, haciéndome imposible gritar, a sabiendas de que con todo, nadie sería capaz de escucharme.

Trago saliva y el juego comienza.

Miedo.

La decisión que no tomaste. La reconciliación con olor a libro viejo. Un manual sobre cómo esconderse del averno y mil razones para no volver nunca más. Canciones tarareadas en forma de adjetivos demoledores, ganas de un viaje de huida sin retorno y cientos de razones por las que nunca ser feliz.

Miedo.

Dudas existenciales sobre qué parte de mí debería morir primero, y una tesis doctoral sobre cómo hacerlo.

Miedo.

La oscuridad me abraza retrotrayéndome prácticamente dos años atrás, y yo simplemente me dejo guiar por ese lazarillo que ahora me mira de soslayo creyendo intuir mi final. Hipócrita.
Nos vemos en el infierno.
Aunque yo ya esté encerrada en él.

Miedo.

Querida tempestad

El día en el que te conocí, me hablaste de fronteras e imposibles, a sabiendas de que entre tus brazos, no era capaz de encontrar otro límite que no fuera el poder amar, nunca, a nadie que no fueras tú.

Desde aquel día nos permitimos volar, como si nunca hubiéramos estado listos siquiera para intentarlo, como si nos faltaran escusas para mirarnos a los ojos y hacernos aire. Como si tuviéramos miedo a lo que pasaría cuando la única palabra que nos descubriera las fauces fuera serendipia, y sucar el cielo fuera un regalo merecido para intentar reparar algo que nunca quisimos perder, pero que sin embargo, dejamos que nos arrebataran, sin tener el coraje suficiente para defenderlo.

Hundiste los dedos en mi pecho, y clavaste la bandera blanca del amor esquivo entre tu destino y el mío, dejándome anclada en el suelo sin posibilidad, al menos, de una prórroga, de un segundo asalto, sin posibilidad, al menos, de salir de aquí.

Ese día te vi volar tan alto, que tuve que apartar la mirada para evitar soñar despierta, mientras mis alas se clavaban en la tierra, encerrando mi último aliento en una jaula que llevaba tu nombre entre unos barrotes que clamaban libertad, las tuyas no dejaron de moverse jamás.

Desde entonces, el cielo se tiñe de negro cada vez que, arropándome con su llanto, me oye llorar.

Niña vestida de calma, te llamaremos tempestad.

Cincuenta y seis maneras de besarte el alma

You love me for who I am, like the stars hold the moon.

Siempre he buscado la respuesta a las preguntas que nadie tuvo el valor, nunca, de formular. Por eso, el día que nos conocimos supe que lo que susurraban tus labios era una promesa, embutida en una invitación cualquiera para ver el mar, como si este no durmiera acostado en nuestro lecho cada noche. Descubrí cincuenta y seis maneras de besarte el alma, sin ni siquiera quitarte la ropa, y supe descifrar todas esas canciones de Pereza que carecían de sentido, antes de que aparecieras tú. Inventaste lunares que antes no existían, únicamente para ganarle tiempo al Sol, y quedarte anclado en mi espalda, y el amor llamó a mi puerta un sábado por la mañana y sin avisar.

Planeamos mil maneras de cambiar el mundo desde la cama, y supimos enseguida que cerrando los ojos ante el miedo, todo se veía un poco mejor. Me hiciste poesía, musa y arte ante tus ojos, recordándome al oído que la verdadera belleza era la que yo creaba al andar. Y lo dijiste así como si nada, alegando que a veces las verdades eran más sencillas de lo que todo el mundo nos había hecho creer.

 Y yo te creí, cuando dejé de creer al mundo.

Ella & él

Ella nunca miró hacia atrás. Posiblemente fuera porque no llegó a sentir la necesidad de hacerlo, porque todo lo que quería estaba unos pasos por delante, y eso era suficiente, él siempre era suficiente. Se encargaba de serlo, se merecía serlo, porque cada vez que ella cerraba los ojos ante el miedo, él la guiaba. La cogía la mano y conducía sus pasos hacia el futuro, porque con él, no había otra variable, y si alguna vez miraban al pasado, era para recordar todos esos momentos que habían vivido juntos.

Parecía que antes de que él y ella fueran ellos, el amor sólo era un burdo intento para aquellos que se permitían soñar despiertos a cada instante. Y es que cuando ellos se rozaban, tocaban sus vértices, besaban sus aristas y hacían cálculos incompletos sobre la vida, el amor se materializaba.

Él solo la miraba a ella. A ella y su pelo rojizo. A ella y sus pintas de loca. A ella y sus manos. A ella y sus curvas. A ella, que era la definición andante de la palabra suerte. A ella, que era destino, que era casa, pero que también era viaje a cualquier parte del mundo, sin salir de allí. A ella que era pregunta y respuesta, que paz y era guerra, que era la revolución instaurada en su gran melena a principios de abril.

Ellos, que eran realidad vestida de cuento. Cuento, porque fue demasiado bonito para ser cierto. Realidad, porque fue demasiado único y verdadero para, si quiera, terminar nunca.

Enamorarnos

No hay palabra más difícil de describir, que aquella que te desnuda el alma con sólo pronunciarla. Aquella que descubre en ti la añoranza de lo pasado, y el ansia del esperado futuro. Aquella que llega, arrasa y se va por dónde ha venido, sin dejar si quiera, una misera explicación tras su marcha. Aquella que ha servido de guía, que ha incendiando camas, que ha parado guerras, que le ha dado la vuelta a un mundo demasiado sombrío y gris. Aquella que ha sido el aliciente para miles de novelas, que ha sido musa indispensable para todos los poetas, que ha sido la definición perfecta para París. Aquella que ha estado en tierra de nadie y en boca de todos. 

Aquella que me descubrió que lo nuestro, además de poesía, también se llamaba amor.

Paloma

De ningún modo lo que yo te diga:
dejar que el flácido rey te atraiga a su lecho,
te pellizque la cara, te llame paloma
y que, con un par de besos inmundos,
o sobándote el cuello con sus dedos malditos,
consiga que aclares el enigma:
que, en realidad, toda mi locura
es fingimiento. Estaría bien decírselo.

Hamlet.

 

Llegará ese día en el que nos crucemos por la calle, y al verme pasear por tu lado, bajarás la cabeza mirando el rumbo que llevan tus pasos. Te arrepentirás mil veces, en ese mismo instante, de haber abandonado tu vida por unirte a una persona que quería vivir la suya, sin ti. Apretarás los labios intentando soportar las ganas de gritarle al mundo que una vez estuviste con alguien que valía la pena, y que preferiste encerrarla en una jaula en vez de dejarla volar, por miedo a que al final fueras tú el que no volara. Te aguantarás las ganas, mientras me aleje, de decirme que sus besos no sabían igual a los que yo te dedicaba entre canción y canción, y que nunca te hizo inmortal convirtiéndote en poesía. Mis pasos se oirán como un eco de tu conciencia arañando las paredes de todo en lo que te convertirte estando con ella. Recordarás la forma en la que mis cicatrices te abrían el alma de orgullo, la forma en la que sonreía después de hacer el amor, mi pecho henchido cada vez que me decías que me amabas…cada puto instante en el que estuvimos juntos, y mientras tanto yo, seguiré caminando.