Palomita blanca

A mi bisabuela, a la que también dedico mi vida, porque todo lo que soy siempre será el mayor tributo para ella.

Entrecierro los ojos y aún te veo. Nítida, como el mar que guardaban tus pestañas, como la risa inocente que dejaba vislumbrar las arrugas que contaban las batallas ganadas, y me cuesta no ponerme a llorar con la sonrisa tirando de unos labios que conocieron la palabra amar, porque contigo no existía el miedo.

Odio que te hayas ido. Odio este vacío incesante que no para de recorrerme las entrañas sabiendo que hoy el cielo estará un poquito más lleno, pero mi corazón dormirá más vacío que nunca. Que el mundo estará un poco más frío, porque no ya no estarás tú para llenarlo todo de vida. Ojalá hubieses durado para siempre. Ojalá tus abrazos no hubiesen tenido que desaparecer nunca. Ojalá fueras eterna. Como será todo aquello que nos enseñaste, como las miles de anécdotas que te reviven incesantemente ante mis ojos, cruel vacío del recuerdo que ahora atormenta todo lo que hiciste que llegase a ser.

Te busco, cuando acabas de irte, fruto del puro egoísmo carnal que me mantiene prisionera de mis deseos, y me hace olvidar lo importante; te fuiste porque no te daba más miedo la muerte de lo que te había dado la vida, y la muerte ha sido el descanso de una vida frenética que te enseñó el camino pero jamás cómo frenar.

Te llevaré en mi pecho cada noche. Cantaré entre susurros nuestra canción. Te buscaré entre los ojos de aquellos que te amaron, y te encontraré en mí misma,

porque

parte de tí

también soy yo.

Ojalá nunca

He abandonado el poco optimismo que abrazaba mi pecho en llamas, cuando he comprendido que soñar con los ojos cerrados solo hace que el primer pestañeo golpee con más fuerza. Juro que lo he intentado; que me he imaginado a mí misma con la suerte de la mano, que he luchado hasta el final por conservar parte de mi hogar, que el insomnio me ha devorado todas las noches en las que intentaba buscar una solución cuando ni siquiera sabía cuál era la pregunta. Y he caído, como un castillo de naipes ante el arrebato salvaje del viento, como la niña que siempre fui y que ahora solloza asustada bajo mis párpados, preguntándome porqué a pesar de los años sigo sin ser capaz de salvar lo que amo, por mucho que en el fondo sepa que la solución no está en mi mano.

Me agarro a los pocos centímetros de vida que centellean ante mi abrazo, sin saber si la próxima vez que el alborozo inunde sus pasos, será por mí, y no por otra persona, que sabrá cuidar lo que yo moriré amando.

He llorado hasta no reconocerme en el espejo, hasta odiar el sabor salado de la tristeza perenne que habita en mí, y he vuelto a escribir porque he descubierto que es lo único que se me da bien, cuando todo va mal, y sólo quedan las ganas salvajes de salir, corriendo, de aquí.

De salir huyendo de mí.

De salir de esta

por tí.

Bendita epifanía

No tengo miedo al tintineo constante de la vida burlándose de mí al oído. No me interesa como acaban las historias que no deberían tener final. Me deshago en el limbo de lo incomprensible, y me refugio en los brazos del vacío al que, poco a poco, he aprendido a llamar hogar. No me interesan las supersticiones del amor esquivo. Me alimento de los recuerdos dolorosos, para darle sentido a mi coraza. Me caigo y me levanto con el sigilo de alguien que ha aprendido cómo parar el golpe, y me golpeo las veces necesarias hasta que aprendo en quién no debo volver a confiar.

He vuelto a escribir porque no concibo la vida sin describirla. He vuelto porque huir no funciona cuando no tienes porqué. He estado apoyándome en aquellos que nunca me han dado la espalda, y por ellos, que nunca me han dejado, siempre volveré.

No le debo nada a nadie más que a mí misma, y a mí misma sólo me debo creer y crecer. Camino diferente porque lo igual siempre ha sido sinónimo de monotonía, y ya tendré tiempo de hacer siempre lo mismo cuando, a cuatro metros bajo tierra, mis únicas vistas sean justo, la imposibilidad de ver.

Doy las gracias por no haberme rendido aunque haya tenido cientos de excusas para desaparecer, y es que si hoy escribo es porque pude superar todo lo que, sobre mis hombros, cargo pensando en los errores que pude cometer ayer. No siento no ser perfecta, ni sentir como siento aunque nadie entienda porqué.

Y es que, si he llegado hasta aquí, ha sido porque he aprendido que hacen falta más de mil balas

para

hacerme

caer.

Resiliencia

Perdón por haberme hecho tanto daño, y por no haber comprendido antes, que si la vida no viene con manual de instrucciones, es porque todavía nadie ha sabido salir ileso de ella. Que no hay camino perfecto. Ni respuesta correcta. Ni truco final de esos que te dejan con una sonrisa en la boca, cuando piensas que todo había acabado. Que no hay dobles cartas, y nadie aparece con un ramo de flores al final de cada putada, porque te das cuenta de que la verdadera inocente eres tú, y la inocentada es cada piedra con la que te tropiezas hasta que aprendes que ellas también forman parte del camino.

Si me pido perdón es porque siento, que he bañado con las lágrimas los párpados culpables de gente que lejos de mirarme a la cara, pierde la suya al verme de frente. Que he perdido los papeles por gente que interpretaba los suyos perfectamente, y he caído en la trampa de creerme inferior que aquellos que sólo subieron a la cima, porque vivían por y para la adrenalina que les otorgaba el descenso.

Necios de sonrisas vacías, de pechos que no albergan corazón si no ira, que morirán sin saber que el amor siempre fue la respuesta, y ellos vivieron temiendo a la pregunta. Que la vida es ese simulacro que perfeccionas cuando a tus espaldas está el verdadero incendio. Que vivimos con tanto miedo a las llamas que nos perdemos el calor de nuestro propio fuego. Que descatalogamos, vendemos y utilizamos cualquier producto, aunque este susurre entre sollozos nuestro nombre, y nos hemos acostumbrado a mirar las heridas, en vez de asegurarnos de que no seremos nosotros los que empuñemos el arma la próxima vez.

Me pido perdón por haberme creído igual que toda esa gente que se marchita, indiferente a cualquier estación del año.

Porque si bien en la vida no hay victoria sin daño, tampoco hay sentido sin pasión.

Y os puedo asegurar que eso es lo único por lo que no debo pedir perdón.

Entre el suelo y el cielo

Creerte nunca fue una opción. Fue un abismo para los soñadores, que aún sabiendo que hacerlo era una caída en picado, esperaban que fuera el cielo, y no el suelo, el que los encontrara al llegar.

Tú no fuiste la caída, fuiste la adrenalina al final del camino, el ligero cosquilleo en los labios, el abrazo a los ‘peros’, y la extraña manía de creernos eternos aunque nunca supimos lo que podía pasar. Me enseñaste que las promesas eran la excusa de los cobardes para tener atado todo aquello que, en realidad, merecía volar sabiendo que al final el camino de vuelta les llevaría al lugar correcto al que llamar hogar, que no necesitábamos recuerdos, ni pactos, ni pretextos para acabar juntos aquello que nunca quisimos terminar.

Y quizá nunca llegamos a nada,
porque quizá ya lo hemos sido todo.

(Y eso, es lo realmente imposible de borrar)

Crónica de una muerte anunciada

Nacimos enfermos.

Enfermos de miedos, de dudas, de complejos, nacimos preguntándonos que era lo correcto para los demás antes de saber si quiera, qué camino era el nuestro. Nacimos condicionados, cautivados y condenados por nuestros propios problemas, aquellos que creímos superados pero que volvieron a renacer una vez pasado el tiempo, cuando todo era calma, y no teníamos a nadie cerca que nos dijera que pasaba exactamente cuando llegaba el invierno.

 

Vivimos engañados, absortos en ambiciones autoimpuestas y en sueños rotos, en la importancia de trabajar en algo, y en el olvido de amar el qué. Vivimos presionados, rodeados de personas que te ríen con la misma cara con la que luego te darán la espalda, con el miedo en el cuerpo de no saber cómo vivirás cuando llegue mañana, cuando en realidad solo conoces lo que ocurre cuando empiezas a respirar, porque de vivir no sabes nada.

 

Somos un número, una ecuación incompleta a manos de un futuro desgarrador que nos cortó las alas, nos bajó los humos, nos lanzó al miedo, nos dio excusas, avisos y pretextos, para no salir del sendero estipulado en el que lo único que podíamos hacer era seguir corriendo, en una cinta que se reiniciaba, en un camino que volvía a empezar para evitar que llegaras demasiado lejos, o demasiado alto, como para ver que desde arriba, sólo éramos hormigas andando en círculos, debajo de una mano ordenadora, que lejos de ser Dios, era más bien el mismísimo diablo.

 

Somos la moraleja sensacionalista, la generación saturada, absorta, cansada, rota, maltratada, y usada solo para cumplir todos los sueños de aquellos que un día estuvieron en nuestro lugar y no pudieron. Somos los siguientes en la lista en caer en el infierno,

 

Pero tranquilos, todavía nos quedan ganas para seguir luchando a pesar de que nadie crea en la causa, por perdida, porque un día ella

fuimos

nosotros.

Dicen que sí

Me he perdido, y encontrado tantas veces durante los últimos meses, que no sé cuándo fue la última vez que dormí y amanecí conmigo. Han sido muchos momentos, momentos de aprendizaje y dolor, de perderlo todo y de poder con ello, de creerme tan humana como diosa, jodida hija de puta que sigue sacando la cabeza cuando el agua le llega a la garganta, y el aire no. Prometí que no volvería a caer y vivo en el suelo, camino sin rumbo en la vida y me guío por el que me padre siguió primero, respiro queriendo no hacerlo y continúo porque jamás nadie me explicó qué hacer cuando ya quedan motivos, ni aliento, para seguir corriendo.

He podido mentir muchas veces, pero he preferido rendirme a la evidencia, arriesgarme a desvelar que nunca me ha hecho falta dejar este mundo, para considerarme una persona muerta, pero que siempre he encontrado motivos suficientes para volver a vivir. Y lo siento. Siento si no fui lo que esperabas, el día que llegaste a mi vida para prometer que te quedarías, cuando ya estabas preparando la excusa perfecta para la próxima partida, cuando todo saliera mal.

Lo siento, porque nunca fui lo que quisieron que fuese, y porque en vez de intentarlo esta vez, prefiero seguir perdiéndome y encontrándome mil veces, hasta que por fin, me vuelva a ver.

Llámame viento

Llámame ilusa, si después de tanto tiempo sigo buscando hacerte tan feliz, que las comisuras de tu boca se revienten cuando pienses en todo lo que has llegado a vivir conmigo.

Llámame ilusa, si después de tanto tiempo, sigo totalmente enamorada en un mundo en el que el amor se compra, como una mercancía inefable incapaz de prostituirse por algo que no sea, alguien a quien abrazarse cuando llegue el invierno.

Llámame ilusa, si después de tanto tiempo, camino bajo el filo de un destino que aprieta mi pecho, pidiéndome entre sollozos que te quedes cuando llegue mañana.

Llámame ilusa, porque no podré negar, que he seguido con los ojos cerrados todos los pasos que me han llevado a tu puerta, y jamás he querido salir del sendero al que llamé hogar, según decidiste quedarte.

Llámame ilusa. Llámame viento. Llámame cuando todo quede en silencio, cuando tu voz se escuche entre las sobras, y solo sea capaz de entender que llamarme siempre fue un pretexto, para que siguiera mirando hacia delante, sabiendo que tú estarías buscando la respuesta para llegar,

siempre

hasta

mí.

Clávate, puñal

Si siento más respiro, y si no reviento es porque escribo hasta encontrar aire. Me hice nómada de secretos entre las costillas de aquellos que juraron hacerme historia, y acabaron relegandome a ser recuerdo destinado a marchitar hasta sus mejores pesadillas.
Porque de las peores ni ellos quieren hablar.
Me preguntas porqué estoy tan triste mientras apagas el sol y enciendes un cigarro. Como si quisieras que te consumiese. Como si no estuvieses lo suficientemente consumido ya.
Y yo río. No por ganas. Si no por desesperación. La que me quema la garganta, la que te oprime el pecho.
Y nos junta.
Y nos aprieta.
Y yo río. No por ganas. Si no porque me prometí a mí misma que moriría haciéndolo.
Y yo si cumplo mis promesas.

Retazos de un último verano

Quise tenerlo todo, y sin embargo solo fui capaz de acercar la pistola a mi sien y acostumbrarme a pasar toda la vida escribiendo lo que pudo haber pasado.

El sabor de la sangre, y el ruido compacto de cuando todo explota. De cuando ya no queda nadie más.

Ni nada más

que

recuerdos.

Quizá fue mejor el disparo, la risa, la gracia, la duda, el desgarro.

Quizá fue mejor quedarse con la incógnita de lo que pasa en las noches frías de mayo, cuando nace la excusa y muere el llanto.