Los mismos clavos

Te diría que te quiero hasta desgastarme los labios en burdos intentos de explicar porqué tú, y no cualquier otro.

Te diría que te quiero hasta que la palabra fuese en vano. Hasta que sonase a promesa barata, a sueño roto, a hablar por hablar. Te diría que te quiero hasta consumirme en tí. Hasta ver la vida tras las mismas pestañas que hoy me aguardan, cuidándome, y revivir sólo para guardarte en mis pupilas acunándote dentro de mí.

Te diría te quiero siempre. Incluso aunque la propia palabra me parezca endeble, injusta e infantil ante esta conexión que derriba todo a su paso, muro a muro, llanto a llanto, canción a canción.

Te diría que te quiero porque es lo que sentí desde la primera vez que pasaste tus manos por mi espalda, quitándome ese peso de encima que jamás volvió. Invitándome a un viaje para el que no había chaleco salvavidas, ni cámara, ni acción. Devolviéndome la paz, la fe, la voz.

Te diría que te quiero aunque no me creyeses, aunque negases con la convicción de un corazón herido, aunque tapases tus oídos refugiándote en la negación.

Te diría que te quiero porque aunque no tenga sentido,

ni pies, ni cabeza,

pase lo que pase y a pesar de a quien le pese

siempre tendré razón.

De San Francisco a casa

Era de noche. Íbamos un poco borrachos. Las luces de la ciudad se encendían despidiendo los últimos días de un año mordaz, y evitando que nos convirtiésemos en sombra.

Las conversaciones triviales fueron la banda sonora de camino al hotel, y el tiritar de mis dientes una perfecta percusión, que podría haber nacido del frío de aquel desgastado invierno, y sin embargo fue fruto de aquella indecisión innata que me erizaba la piel y me mantenía en guardia.

Entramos en aquel edificio sorteando la lluvia incipiente que se cernía sobre nosotros, y aquel hotel nos dió la bienvenida. Era el último de la ciudad en el que estaba permitido fumar, porque sabías que lo de consumirme no era solo una metáfora, que la procesión iba por dentro y el puñal pegado a la espalda.

Deshicimos aquella tensión descubriéndonos humanos mientras aquel baño, antiguo y desfasado, era testigo furtivo como tantas otras noches, de una historia similar.

Lo demás ocurrió entre las sábanas.

A veces con los ojos cerrados escuchándote narrar historias que me transportaban a cualquier lugar y me hacían dudar de si eras humano; otras con la mirada puesta en esa ventana que daba a un patio interior, con miles de anécdotas alrededor que parecían haber enmudecido para escuchar las nuestras.

Aquella noche dormí sumida en una oscuridad a la que había sido esquiva, consumida por la idea de conocer su verdad, y desperté acurrucada en los posos del ayer, entendiendo que por primera vez, no era necesario un mañana.

Manifiesto de una adicta al dolor

Sensible, así fue para todos desde el principio. Condenada fue el mejor sinónimo que encontré yo, por aquel entonces, para la extraña situación que me obligaba de forma sistemática a llorar todas las lágrimas que nunca fueros desechadas en mi nombre.

Mi padre, sabio conocedor de todo lo que en cuanto a mí respecta, lo tuvo claro desde el principio. Estaba hecha para sentir ante la incomodidad palpable de aquellos que preferían sumergirse en el olvido, para no tener que enfrentarse al dolor.

Al principio me negaba. Me negaba a una realidad que amurallaba los sentimientos, pues era arriesgarse a que te devorasen desde el interior, como diría la gran Frida Kahlo mucho antes de que yo llegase a este mundo para poner ese lema de bandera.

Con el paso de los años lo entendí. Entendí que era lo fácil. El camino tonto. Un atajo más, para esta vida que parece poner caminos más largos de lo que somos capaces de divisar. Y comencé a sentir envidia. Una envidia que me colapsaba el alma y me hacía sentir pequeña e indefensa, fácil y rota, predecible e incapaz.

Ahí fue cuando todo comenzó. Limpié mis lágrimas y barrí la necesidad de empatía que buscaba sin tregua, y no fui capaz de encontrar en ningún lugar. Me escondí de mí misma y aposté a favor de todos y en contra de mí, como siempre había hecho.

Me quedé impertérrita, pensando que la neutralidad me daría una tregua, que la vida se pondría de mi lado, y podría pasar desapercibida ante el mismo corazón que latía, dando vida pero muriendo lentamente ante la negación.

Al final pasó lo predecible. El sentimiento acabó devorándome por dentro y desligándose de todo escondite posible que pudiera haber encontrado. Acabó demostrando ser no sólo una parte de mí, si no el epicentro de lo que yo era.

Y yo cedí. Cedí ante el llanto catártico de un corazón roto, ante la imagen de mi abuela bailando en la cocina, ante la vida llamándome a la puerta, y el alma esperándome en la esquina.

Y sentí. Sin tregua, sin calma, sin fronteras, sin alarmas, sin culpabilidad ni pausa y sin ganas de querer parar. Y sentí, aunque me escociesen las entrañas, aunque no tuviese ganas, aunque la herida se ensanchara sin posibilidad de parar.

Y sentí, sin que nadie me frenara, sin que las excusas me dejaran olvidarme de que sentir era la mejor forma de seguir viviendo, y que, lo único que yo necesitaba era volver a vivir.

De puertas para adentros

Innecesario. Como las preguntas que formulas temiendo las respuestas, como la necesidad de huida en un callejón sin salida, como el latido convulso de un corazón que está destinado a cesar.

Cruel. Como el último abrazo que intenta sanar lo que está matando. Como la bilis depositada en aquella última frase que sentencia, puñal en mano, todas las que vendrán después.

Vital. Como la niña que se desnudó, harta de ataduras, y se vistió de gala para abrirse la puerta. Como el escozor que cura la vida, como la vida que se abre camino, como el camino que se toma por principios y no por conocer su final.

Intenso, como todo aquello que hago, tomándome el pulso en cada tramo para valorar más todavía el seguir respirando y, sobre todo, el no querer parar.

Porque llevo atado el sentimiento a mi nombre desde el día en el que la escritura me abrió sus piernas y de nada sirve guardarse dentro todo aquello que merece estar fuera.

Porque al final todos nos escondemos,

sin tener en cuenta

que nadie nos va a encontrar,

si no abrimos la puerta.

Notas al pie de una página en blanco

Por todo lo que me he luchado.

Sigue ocurriendo. Cuando cierro los ojos y dejo que los años se  posen en mis ojeras, fieles creyentes del peso del tiempo. Aparece de la nada. Pisando. Dejando una huella marcada que sólo es un retazo más en un cuadro perfeccionado en cada periodo recurrente.

Me viene el recuerdo de las ganas desmedidas que tenía de que todo saliese bien. Siempre las tuve. Esa esperanza latente que seguía guardado, a ciegas, en lo más profundo de la garganta.
Me dediqué durante años a escribir sobre cambios inexistentes, porque la fé en que todo estaba yendo bien, calmaba la verdad.

La realidad llamaba a la puerta.

Aprendí discursos inconexos que dejaban a la niña que lloraba desgarrada y sin rumbo, como un simple paso para una transformación que ni siquiera poseía los cimientos. Me miré y sonreí como si mi reflejo fuese una versión mas convincente de mí misma.

No cambié porque no estaba preparada. Porque la cuerda que me sujetaba terminaba haciendo un nudo alrededor de mi pecho, porque me carcomía la infelicidad del desconocimiento, y no sabía cuánto iba a necesitar gritar hasta que todo llegase a su fin.

No cambié porque todavía me quedaba una última lección que aprendí a base de prenderme fuego y esperar, rezando porque algo se reavivara dentro.

No cambié porque aún no sabía que hubiese camino después del desastre, y mi corazón se ponía los zapatos ante el aviso de impacto en el que el único objetivo era sobrevivir.

Y si ahora lo sé es porque corté puentes, vacíe vísceras, conseguí paz y encontré la voz que no sabía que guardaba. Lo sé porque ahora del quicio de la puerta roza el futuro, y el pasado se ha dedicado a enseñar.  Lo sé porque si ahora no escribo sobre cambio es porque sé que se trata de personalidad.

Porque la esencia sigue ahí,

porque el dolor siempre estará.

Por la niña que fui,

y por la exclamación

que es

punto y final.

Amenizaje

Nudo en la garganta;

inevitable sensación de asfixia emocional.

Tengo mil historias para no dormir y sólo un cuento de buenas noches, una verdad inconexa dicha entre cuatro mentiras mal puestas que ahora son sólo una anécdota más, de todas las fábulas en las que tú simplemente elegías el final.

Estuve arañando mis recuerdos en busca de conclusiones para el final de una historia sin principios, y entendí que el veneno no emanaba de mi boca, si no que nacía en mi garganta y moría en mí.

Me llené de puñales para no dar una segunda oportunidad a quien no había tenido el deleite, de dar la última estocada, y permanecí impertérrita mientras todo lo que amaba desaparecía detrás de la oscuridad que yo misma había creado.

Me pasé tanto tiempo esquivando las balas, que no tuve la oportunidad de saborear el hierro, ni de darme cuenta de que la sensación de abandono sólo era el prólogo perfecto de un nuevo despertar.

No me volvieron a crecer alas después del último vuelo,  pero mantuve mil motivos para volver a nacer, sabiendo que esta vez, nadie escribiría mi historia.

Sinfonía atemporal

La soledad que acucia desde el quicio de un pecho pidiendo libertad, es únicamente comparable a la desidia que enmarcan, las pupilas acristaladas de la gente que sabe que cuando todo esto acabe, querremos ser los mismos aunque ya nada sea igual. Buscamos la liberación acariciando las pantallas que hasta ahora, nos ocultaban al resto del mundo, y nos sentimos vacíos y miserables, esperando encontrar una luz que nos salve, de nuestra propia oscuridad.

Entramos en un bucle con la tristeza arañando las paredes, y otorgamos la culpabilidad a la soledad, cuando realmente el único motivo de tal desazón, es encontrarnos de nuevo con nosotros mismos y no ser poseedores de una buena excusa, que nos abra la puerta y nos saque de aquí.

Nos refugiamos en la esperanza del mañana, coaccionando al presente como si fuese un peaje obligatorio a pagar esperando expectantes un futuro perfecto que, rezamos, se convierta en realidad cuando sólo es verbo. Inconformistas de alas rotas, sueños baratos, egoísmos banales, carnales e incalculables, hacedores de sueños en vez de realidades, amortajados, condenados, siendo nosotros los verdugos y las víctimas de este juego incomprensible, fruto de esta inmarcesible sociedad.

Así que cuando la vida nos dé una segunda oportunidad, el mar nos bañe los pies y el sol nos permita volver a bailar a su merced, dejemos que el mundo vuelva a girar sin cuestionar su eje, y empecemos a rotar con él sin pensar en lo que pasará, y confiando en que pase lo que pase, siempre nos tendremos a nosotros y siempre nos quedará la libertad.

Palomita blanca

A mi bisabuela, a la que también dedico mi vida, porque todo lo que soy siempre será el mayor tributo para ella.

Entrecierro los ojos y aún te veo. Nítida, como el mar que guardaban tus pestañas, como la risa inocente que dejaba vislumbrar las arrugas que contaban las batallas ganadas, y me cuesta no ponerme a llorar con la sonrisa tirando de unos labios que conocieron la palabra amar, porque contigo no existía el miedo.

Odio que te hayas ido. Odio este vacío incesante que no para de recorrerme las entrañas sabiendo que hoy el cielo estará un poquito más lleno, pero mi corazón dormirá más vacío que nunca. Que el mundo estará un poco más frío, porque no ya no estarás tú para llenarlo todo de vida. Ojalá hubieses durado para siempre. Ojalá tus abrazos no hubiesen tenido que desaparecer nunca. Ojalá fueras eterna. Como será todo aquello que nos enseñaste, como las miles de anécdotas que te reviven incesantemente ante mis ojos, cruel vacío del recuerdo que ahora atormenta todo lo que hiciste que llegase a ser.

Te busco, cuando acabas de irte, fruto del puro egoísmo carnal que me mantiene prisionera de mis deseos, y me hace olvidar lo importante; te fuiste porque no te daba más miedo la muerte de lo que te había dado la vida, y la muerte ha sido el descanso de una vida frenética que te enseñó el camino pero jamás cómo frenar.

Te llevaré en mi pecho cada noche. Cantaré entre susurros nuestra canción. Te buscaré entre los ojos de aquellos que te amaron, y te encontraré en mí misma,

porque

parte de tí

también soy yo.

Ojalá nunca

He abandonado el poco optimismo que abrazaba mi pecho en llamas, cuando he comprendido que soñar con los ojos cerrados solo hace que el primer pestañeo golpee con más fuerza. Juro que lo he intentado; que me he imaginado a mí misma con la suerte de la mano, que he luchado hasta el final por conservar parte de mi hogar, que el insomnio me ha devorado todas las noches en las que intentaba buscar una solución cuando ni siquiera sabía cuál era la pregunta. Y he caído, como un castillo de naipes ante el arrebato salvaje del viento, como la niña que siempre fui y que ahora solloza asustada bajo mis párpados, preguntándome porqué a pesar de los años sigo sin ser capaz de salvar lo que amo, por mucho que en el fondo sepa que la solución no está en mi mano.

Me agarro a los pocos centímetros de vida que centellean ante mi abrazo, sin saber si la próxima vez que el alborozo inunde sus pasos, será por mí, y no por otra persona, que sabrá cuidar lo que yo moriré amando.

He llorado hasta no reconocerme en el espejo, hasta odiar el sabor salado de la tristeza perenne que habita en mí, y he vuelto a escribir porque he descubierto que es lo único que se me da bien, cuando todo va mal, y sólo quedan las ganas salvajes de salir, corriendo, de aquí.

De salir huyendo de mí.

De salir de esta

por tí.

Bendita epifanía

No tengo miedo al tintineo constante de la vida burlándose de mí al oído. No me interesa como acaban las historias que no deberían tener final. Me deshago en el limbo de lo incomprensible, y me refugio en los brazos del vacío al que, poco a poco, he aprendido a llamar hogar. No me interesan las supersticiones del amor esquivo. Me alimento de los recuerdos dolorosos, para darle sentido a mi coraza. Me caigo y me levanto con el sigilo de alguien que ha aprendido cómo parar el golpe, y me golpeo las veces necesarias hasta que aprendo en quién no debo volver a confiar.

He vuelto a escribir porque no concibo la vida sin describirla. He vuelto porque huir no funciona cuando no tienes porqué. He estado apoyándome en aquellos que nunca me han dado la espalda, y por ellos, que nunca me han dejado, siempre volveré.

No le debo nada a nadie más que a mí misma, y a mí misma sólo me debo creer y crecer. Camino diferente porque lo igual siempre ha sido sinónimo de monotonía, y ya tendré tiempo de hacer siempre lo mismo cuando, a cuatro metros bajo tierra, mis únicas vistas sean justo, la imposibilidad de ver.

Doy las gracias por no haberme rendido aunque haya tenido cientos de excusas para desaparecer, y es que si hoy escribo es porque pude superar todo lo que, sobre mis hombros, cargo pensando en los errores que pude cometer ayer. No siento no ser perfecta, ni sentir como siento aunque nadie entienda porqué.

Y es que, si he llegado hasta aquí, ha sido porque he aprendido que hacen falta más de mil balas

para

hacerme

caer.