Confesiones de la noche

Esa noche todo estaba en silencio,  

la humanidad esperaba con callada expectación  

la unión de lo que siempre tuvo que ser así.  

Éramos dos, pero en aquel espacio  

reducidamente acogedor,  

parecíamos ser una misma alma,  

y yo reclamaba las bocanadas de aire necesarias,  

como para morir plácidamente bajo tu aliento.  

Me habría encadenado a tu ombligo,  

lamiendo las cadenas que me sujetaban  

al único terruño de existencia  

que era capaz de explicar la mía.  

Habría sacado pecho ante cualquier adversidad  

que pusiera en tela de juicio  

un amor que inundaba a borbotones  

cada árida cala que yacía bajo mi piel.  

Cualquiera se habría enamorado de ti.  

Cualquiera. Sin excepción.  

Cualquiera habría caído embrujado,  

implorando la cercanía suficiente  

como para encaramarse a tu abrazo,  

al surco aterciopelado de tu muslo,

junto a aquella marca que precisaba el inicio de mis besos

y quedarse ahí  

de forma permanente.

Quedarse aquí,

para siempre.