Palomita blanca

A mi bisabuela, a la que también dedico mi vida, porque todo lo que soy siempre será el mayor tributo para ella.

Entrecierro los ojos y aún te veo. Nítida, como el mar que guardaban tus pestañas, como la risa inocente que dejaba vislumbrar las arrugas que contaban las batallas ganadas, y me cuesta no ponerme a llorar con la sonrisa tirando de unos labios que conocieron la palabra amar, porque contigo no existía el miedo.

Odio que te hayas ido. Odio este vacío incesante que no para de recorrerme las entrañas sabiendo que hoy el cielo estará un poquito más lleno, pero mi corazón dormirá más vacío que nunca. Que el mundo estará un poco más frío, porque no ya no estarás tú para llenarlo todo de vida. Ojalá hubieses durado para siempre. Ojalá tus abrazos no hubiesen tenido que desaparecer nunca. Ojalá fueras eterna. Como será todo aquello que nos enseñaste, como las miles de anécdotas que te reviven incesantemente ante mis ojos, cruel vacío del recuerdo que ahora atormenta todo lo que hiciste que llegase a ser.

Te busco, cuando acabas de irte, fruto del puro egoísmo carnal que me mantiene prisionera de mis deseos, y me hace olvidar lo importante; te fuiste porque no te daba más miedo la muerte de lo que te había dado la vida, y la muerte ha sido el descanso de una vida frenética que te enseñó el camino pero jamás cómo frenar.

Te llevaré en mi pecho cada noche. Cantaré entre susurros nuestra canción. Te buscaré entre los ojos de aquellos que te amaron, y te encontraré en mí misma,

porque

parte de tí

también soy yo.

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