Querida tempestad

El día en el que te conocí, me hablaste de fronteras e imposibles, a sabiendas de que entre tus brazos, no era capaz de encontrar otro límite que no fuera el poder amar, nunca, a nadie que no fueras tú.

Desde aquel día nos permitimos volar, como si nunca hubiéramos estado listos siquiera para intentarlo, como si nos faltaran escusas para mirarnos a los ojos y hacernos aire. Como si tuviéramos miedo a lo que pasaría cuando la única palabra que nos descubriera las fauces fuera serendipia, y sucar el cielo fuera un regalo merecido para intentar reparar algo que nunca quisimos perder, pero que sin embargo, dejamos que nos arrebataran, sin tener el coraje suficiente para defenderlo.

Hundiste los dedos en mi pecho, y clavaste la bandera blanca del amor esquivo entre tu destino y el mío, dejándome anclada en el suelo sin posibilidad, al menos, de una prórroga, de un segundo asalto, sin posibilidad, al menos, de salir de aquí.

Ese día te vi volar tan alto, que tuve que apartar la mirada para evitar soñar despierta, mientras mis alas se clavaban en la tierra, encerrando mi último aliento en una jaula que llevaba tu nombre entre unos barrotes que clamaban libertad, las tuyas no dejaron de moverse jamás.

Desde entonces, el cielo se tiñe de negro cada vez que, arropándome con su llanto, me oye llorar.

Niña vestida de calma, te llamaremos tempestad.

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