El nombre de mi vida

De repente pasa, aunque no te des cuenta. Empiezas a sonreír de otra forma, y ya nada te parece lo suficientemente complicado como para no hacerlo. Dejas de sentir el miedo a flor de piel y sólo la excitación de ‘qué pasará’ te pone la carne de gallina. Empiezas a ser feliz con la adrenalina corriendo por las venas de quien acaba de descubrir lo bonito de vivir sin miedo. Descubres que todo vale la pena desde que volvió para quedarse, y que no tienes otra forma mejor de pasar el verano que no sea a su lado. Y es que joder, el que no lo entienda es porque no le ha visto sonreír nunca, y porque no me ha visto reír hasta romperme el pecho cuando estoy con él. 

Y eso, es lo que realmente vale la pena.

 

Sandra Haya

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