Un adiós sin despedida.

Cuando oí la puerta cerrarse, entendí todo. Entendí que te habías ido y que esta vez no iba a valer una disculpa. Entendí por fin que nuestro futuro había estado sellado hacía mucho tiempo porque habíamos sido esclavos de los reproches. Entendí entonces que todo lo que conocí, todo mi mundo, se había esfumado por esa puerta del 3°A. Entendí que ya no iba a haber más de todo aquello que yo siempre había amado, que no iba a haber más besos, ni más “te amo” desesperados, ni más abrazos de bienvenida, ni más polvos de reconciliación. Y por un momento quise salir a gritarte lo que sentía, a decirte que no te podías ir porque yo todavía seguía muriendo en vida cada vez que te veía sonreír, pero sabía al mismo tiempo que eso no nos beneficiaría, que cada persona tenia un tope que nosotros habíamos rebasado mucho tiempo atrás. Sólo deseaba que pasado un tiempo lograramos mirarnos sin despecho, recordando tan solo, lo que algún día nos hizo feliz.
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